Autores: Dr. Germán Alvarez Díaz de León, Dra. Wendy Abigail Bautista Montoya y Lic. Luis Fernando Borja Hernández
Sección: Innovación
Resumen
La transición de un modelo de salud mental centrado en la enfermedad hacia uno basado en el bienestar representa un cambio paradigmático en la atención psicológica. El presente artículo, a través del análisis teórico crítico, analiza la conveniencia de dicha transformación, destacando sus beneficios en términos de inclusión, derechos humanos, recuperación y calidad de vida. Se revisan experiencias recientes en México y se argumenta la necesidad de políticas públicas que respalden este enfoque.
Palabras clave: Bienestar, Salud Mental, Modelo Biomédico, Educación Superior, Determinantes Sociales.
Introducción
El presente artículo se desarrolla como un análisis teórico-reflexivo, cuyo propósito es examinar el tránsito conceptual desde el paradigma de la salud mental hacia un enfoque centrado en el bienestar. Más que presentar resultados empíricos, el texto propone una lectura crítica de los supuestos epistemológicos que han estructurado históricamente el campo de la salud mental, así como de las transformaciones recientes en el pensamiento sanitario internacional.
Tradicionalmente, los sistemas de salud mental han operado bajo un modelo biomédico, centrado en el diagnóstico y tratamiento de trastornos mentales. Sin embargo, este enfoque ha sido criticado por su reduccionismo, estigmatización y escasa consideración de los determinantes sociales del bienestar. En respuesta, diversos países han comenzado a adoptar modelos de bienestar que promueven la recuperación, la participación comunitaria y el respeto a los derechos humanos (Barrón, 2025).
El concepto de salud mental ha atravesado una evolución histórica que refleja no solo cambios científicos, sino también transformaciones culturales, éticas y políticas. Durante buena parte del siglo XX, la visión dominante estuvo determinada por el modelo biomédico, que concibe la mente como un órgano susceptible de enfermedad, diagnóstico y tratamiento. Este enfoque, basado en la analogía con la medicina somática, privilegia la intervención técnica y el control sintomático sobre la comprensión contextual del sufrimiento humano (López, 2019).
Sin embargo, la creciente crisis en la atención en salud mental −a pesar del avance tecnológico y farmacológico− ha evidenciado las limitaciones de este paradigma. Como advierte Bautista (2024), el término salud mental es, en sí mismo, una metáfora problemática que confunde categorías biológicas con procesos simbólicos y sociales. Frente a esta contradicción, diversos autores y organismos internacionales han impulsado un cambio de paradigma: pasar de una lógica centrada en la enfermedad hacia una visión integral de bienestar que incorpore la participación, la equidad y la justicia social (OMS, 2022; UNESCO, 2021).
En este contexto, el ámbito universitario constituye un escenario clave para repensar el sentido de la salud mental, no como una meta clínica, sino como un campo de formación integral, convivencia ética y desarrollo humano.
Genealogía del concepto de salud mental
La Constitución de la Organización Mundial de la Salud (OMS, 1948) marcó un punto de inflexión al definir la salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Esta definición introdujo, por primera vez, una concepción holística e inclusiva del ser humano, aunque con un ideal de bienestar estático que posteriormente sería reformulado.
Tres décadas después, la Declaración de Alma-Ata (1978) trasladó el centro de gravedad desde la atención médica hacia la participación comunitaria y los determinantes sociales, declarando la salud un derecho humano fundamental y una responsabilidad colectiva.
La Carta de Ottawa (OMS, 1986) consolidó este tránsito al definir la salud como un proceso que permite a las personas ejercer control sobre su vida y mejorarla. Esta perspectiva transformó la noción de salud de un estado a una práctica, introduciendo la idea de la salud mental positiva como capacidad de afrontamiento, propósito y sentido.
Desde entonces, el pensamiento sanitario internacional se orientó hacia la promoción del bienestar, articulando el concepto con los derechos humanos, la equidad y la sostenibilidad. La Agenda 2030 de la ONU (2015) y el Informe Mundial sobre Salud Mental (OMS, 2022) reconocen explícitamente que no hay salud sin salud mental, y que el bienestar constituye un bien común y una meta global.
El modelo biomédico
El paradigma biomédico, dominante durante más de un siglo, se funda en la idea de que el sufrimiento psíquico puede ser reducido a disfunciones del cerebro o del comportamiento. Esta concepción ha producido importantes avances clínicos, pero también una profunda crisis epistemológica.
López (2019) identifica en ella un reduccionismo teórico y técnico, en el que la complejidad de la experiencia humana se traduce en diagnósticos estandarizados y tratamientos farmacológicos masivos. De este modo, la normalidad se define en términos de productividad y adaptación social, más que de sentido vital o pertenencia comunitaria.
Por su parte, Bautista (2024) sostiene que la expresión salud mental constituye un mito epistemológico, ya que mezcla categorías de distinto orden ontológico: se habla de enfermedad mental como si la mente fuera un órgano físico. Este error categorial conduce a una pseudociencia del sufrimiento que despolitiza la experiencia humana y la convierte en objeto de control técnico, invisibilizando las condiciones sociales que la producen.
Uno de los problemas epistemológicos más profundos del modelo biomédico en salud mental es la llamada falacia mereológica, identificada por Bennett y Hacker (2003) y retomada en la crítica de Sánchez de las Matas (2016). Esta falacia consiste en atribuir a una parte propiedades que solo corresponden al todo, es decir, asumir que el cerebro piensa, siente o decide, cuando en realidad quienes piensan, sienten y deciden son las personas.
El discurso biomédico incurre así en un error categorial: traslada facultades humanas al cerebro como si éste fuera un sujeto autónomo. Se pasa inadvertidamente del dualismo mente-cuerpo cartesiano al monismo neuro-reductivo, en el cual el paciente desaparece como sujeto de experiencia y se convierte en mero soporte biológico de procesos neuronales. Desde esta lógica, el sufrimiento deja de ser una vivencia dotada de significado para convertirse en una disfunción del órgano, y la clínica se orienta a corregir el cerebro más que a comprender a la persona.
Esta confusión conceptual tiene consecuencias prácticas: legitima una praxis clínica desubjetivante. La investigación neuro-reductiva acumula hipótesis ad hoc y correlaciones inespecíficas, confundiendo correlato con causa y obviando las dimensiones culturales, lingüísticas y biográficas del sufrimiento humano.
En términos filosóficos, la falacia mereológica fractura la unidad entre lo biológico y lo simbólico: concibe la conciencia como un proceso intracerebral cuando, en realidad, es una función relacional y socialmente mediada. Este error epistémico genera una praxis empírica abstracta en la que el cerebro se idealiza como entidad aislada y atemporal, despojada de historia y contexto.
Superar esta falacia exige recuperar la noción de mente como sistema extendido y situado, en diálogo con la neurociencia crítica y el postcognitivismo (Clark & Chalmers, 1998). Desde esta perspectiva, la salud mental no puede entenderse sin considerar los contextos materiales, culturales y relacionales que la configuran. Recolocar al sujeto en el centro del proceso supone, en consecuencia, abandonar la pretensión de que el cerebro tiene mente y reconocer que la mente siempre ocurre en-relación, no en aislamiento.
Como apunta Guerin (2023) el problema no está en las personas, sino en los contextos restrictivos que moldean sus emociones y conductas. Las terapias tradicionales, centradas en el individuo, corren el riesgo de convertirse en dispositivos de adaptación neoliberal, donde el objetivo no es transformar el entorno que enferma, sino ajustar al sujeto a su malestar.
Transición epistemológica
El modelo biomédico se consolidó históricamente a partir de una analogía con la medicina: así como las enfermedades corporales se explican por alteraciones orgánicas identificables, se asumió que el sufrimiento psicológico debía corresponder a disfunciones internas localizables, principalmente en el cerebro. Sin embargo, esta analogía resulta limitada cuando se aplica a procesos psicológicos complejos, cuyo funcionamiento depende de interacciones históricas, sociales y culturales que no pueden reducirse a mecanismos biológicos aislados (Pérez, 2014).
Los fenómenos psicológicos no pueden comprenderse adecuadamente mediante modelos causales internos. Ribes Iñesta (2008) sostiene que la salud debe entenderse como un proceso regulado por patrones de interacción entre el individuo y su entorno, más que como un estado interno del organismo. En esta perspectiva, la conducta −incluyendo emociones y cogniciones− emerge de historias de aprendizaje, estilos de interacción y condiciones contextuales que favorecen o restringen determinados repertorios conductuales.
Pérez (2014) señala que estos problemas no presentan la misma estructura etiológica que las enfermedades orgánicas, por lo que su conceptualización como enfermedades mentales resulta problemática. Los trastornos psicológicos se configuran más bien como patrones de interacción entre la persona, su historia y su contexto social. Por ello, la psicoterapia contemporánea ha comenzado a desplazarse desde diagnósticos categoriales hacia modelos centrados en procesos transdiagnósticos, donde el objetivo principal no es eliminar síntomas, sino promover formas de acción más flexibles y funcionales en relación con los contextos vitales de las personas.
Guerin (2016) propone entender muchas de las conductas asociadas a la salud mental como respuestas adaptativas a situaciones de vida restrictivas o adversas. Ansiedad, evitación o retraimiento pueden surgir como estrategias de afrontamiento frente a contextos de precariedad, desigualdad o debilitamiento de los vínculos comunitarios. Desde esta perspectiva, tratar el sufrimiento exclusivamente como un trastorno interno conduce a intervenciones centradas en el individuo que dejan intactas las condiciones sociales que lo generan.
A la luz de estos desarrollos teóricos, el modelo de bienestar ofrece un marco conceptual más coherente para abordar la complejidad del sufrimiento humano. Este enfoque desplaza el centro de la explicación desde la patología individual hacia las condiciones relacionales, culturales y materiales que permiten a las personas desarrollar vidas significativas.
El bienestar no se define únicamente por la ausencia de síntomas, sino por la presencia de contextos que favorecen la agencia, la cooperación, el sentido de propósito y la participación comunitaria.
En términos epistemológicos, el modelo de bienestar permite integrar dimensiones que el paradigma biomédico tiende a fragmentar. Reconoce que los fenómenos psicológicos son procesos situados en redes de interacción entre individuos, instituciones y culturas. Desde esta perspectiva, la salud mental deja de concebirse como un objeto clínico aislado y se transforma en una cuestión ecológica y social, donde el bienestar emerge de la articulación entre capacidades personales y condiciones colectivas de vida.
Fundamentos del modelo de bienestar
Por un lado, el término salud mental ha sido criticado por mezclar categorías de distinto orden ontológico: lo biológico, lo psicológico y lo social dejando particularmente de lado este último aspecto. Diversos autores han señalado que la mente no puede tratarse como un órgano susceptible de enfermedad en el mismo sentido que el cuerpo, lo que ha dado lugar a debates sobre la validez epistemológica del modelo médico aplicado a los fenómenos psicológicos. Desde enfoques conductuales y contextuales se propone comprender el sufrimiento humano no como una entidad patológica interna, sino como un proceso emergente de la interacción entre las personas y sus contextos de vida.
A partir de esta problematización ha emergido progresivamente un modelo de bienestar que desplaza el énfasis desde la enfermedad hacia las condiciones que permiten el desarrollo humano, la participación social y el sentido vital.
El pensamiento contemporáneo, desde la psicología contextual y las ciencias sociales, propone una repolitización del bienestar. Guerin (2021, 2023) plantea que el sufrimiento psíquico debe comprenderse como una respuesta adaptativa ante entornos de desigualdad, precariedad o violencia simbólica, y que la intervención terapéutica debe orientarse a modificar los contextos más que los síntomas.
En la misma línea, la OMS (2021, 2022) y autores como Desviat (2011) promueven modelos de atención comunitaria, centrados en la inclusión, la autonomía y la participación. Estas perspectivas coinciden con el modelo de bienestar.
El modelo de bienestar se basa en una visión holística de la salud mental que incluye factores emocionales, sociales, económicos y culturales. Este enfoque reconoce que el bienestar no es simplemente la ausencia de enfermedad, sino la presencia de condiciones que permiten a las personas vivir con propósito, conexión y autonomía (Documenta, 2024).
Entre sus principios destacan:
Atención comunitaria y cercana.
Eliminación del estigma y discriminación.
Participación de las personas usuarias.
Intervenciones basadas en evidencia y centradas en la recuperación.
Experiencia en México
México ha iniciado una reforma significativa en salud mental orientada hacia el bienestar. La Comisión Nacional de Salud Mental y Adicciones (CONASAMA) ha implementado estrategias territoriales, campañas de prevención y servicios con perspectiva de género y enfoque humanista (LaSalud.mx, 2025). Esta transformación busca garantizar el derecho a la salud mental mediante un modelo incluyente y libre de estigmas.
Beneficios de la transición
Los beneficios de adoptar un modelo de bienestar incluyen:
Mayor adherencia a tratamientos y procesos de recuperación.
Reducción de hospitalizaciones involuntarias.
Mejora en la calidad de vida y funcionalidad social.
Fortalecimiento de redes de apoyo comunitario.
El tránsito del modelo clínico al de bienestar no solo es político, sino también teórico. En psicología, este debate se refleja en las dos grandes tradiciones del bienestar: la hedónica, centrada en el placer y la satisfacción vital, y la eudaimónica, enfocada en el crecimiento personal, el propósito y la realización del potencial humano (Ryan & Deci, 2001; Huta & Ryan, 2010).
Mientras la hedonía ofrece una medida afectiva de sentirse bien, la eudaimonía aporta una comprensión ética de vivir bien. Su integración, expresada en el concepto de flourishing o florecimiento, articula ambas dimensiones y propone un ideal de salud positiva y sostenible (Ryff & Singer, 2000; Deci & Ryan, 2006).
Dimensión |
Modelo biomédico |
Modelo de bienestar |
Supuesto epistemológico |
El malestar psicológico se explica principalmente por disfunciones internas del individuo (biológicas o neuroquímicas). |
El sufrimiento humano se comprende como un fenómeno relacional y contextual, emergente de la interacción entre personas y entornos. |
Objeto principal de intervención |
Trastornos o síntomas individuales. |
Condiciones de vida, repertorios de acción y redes de apoyo que favorecen el bienestar. |
Unidad de análisis |
El individuo como portador de una enfermedad o diagnóstico. |
La persona en contexto: relaciones, historia de aprendizaje, condiciones sociales y culturales. |
Meta terapéutica |
Reducción o control de síntomas. |
Desarrollo de vidas significativas, funcionales y conectadas socialmente. |
Tipo de intervención predominante |
Tratamiento clínico individual, frecuentemente farmacológico o psicoterapéutico. |
Intervenciones multinivel: personales, comunitarias, educativas y estructurales. |
Concepto de salud |
Ausencia o control de la enfermedad. |
Presencia de condiciones que permiten florecimiento humano, agencia y participación social. |
Implicaciones para las políticas públicas |
Sistemas de atención centrados en la enfermedad y el tratamiento especializado. |
Políticas orientadas a promoción del bienestar, prevención y fortalecimiento comunitario. |
Implicaciones en educación
La educación superior, en tanto espacio de encuentro y transformación transgeneracional, ofrece un escenario privilegiado donde los jóvenes pueden construir sentido, propósito y comunidad, condiciones esenciales del bienestar integral. Este enfoque no se reduce a evitar el malestar o mitigar síntomas, sino que se orienta a potenciar la agencia, la autonomía y el sentido de pertenencia dentro de entornos educativos complejos y desiguales.
La experiencia formativa de los estudiantes no puede comprenderse únicamente en términos de rendimiento académico, sino como parte de trayectorias vitales complejas. En este sentido, el bienestar escolar y universitario puede concebirse como la condición que permite a los estudiantes sostener y desarrollar sus trayectorias educativas de manera significativa, evitando que las dificultades personales, sociales o institucionales se traduzcan en rezago, abandono o desvinculación.
Las trayectorias educativas no son procesos lineales ni homogéneos. Diversos estudios han mostrado que los estudiantes transitan por itinerarios caracterizados por transiciones, incertidumbres y momentos críticos en los que convergen factores académicos, familiares, económicos y emocionales. Desde esta perspectiva, comprender las trayectorias implica reconocer que el aprendizaje se desarrolla dentro de contextos institucionales y sociales específicos que pueden favorecer o dificultar la permanencia y el desarrollo de los estudiantes.
La experiencia universitaria representa, para muchas y muchos estudiantes, un tramo decisivo del camino del bienestar −como lo plantea Bautista (2024)−, donde confluyen dos vías interdependientes: la externa, vinculada con las condiciones ecológicas y materiales de estudio, y la interna, asociada con el desarrollo de habilidades emocionales, cognitivas y relacionales. La primera incluye el acceso equitativo a recursos, becas, infraestructura, acompañamiento y políticas institucionales que garanticen trayectorias académicas sostenibles; la segunda, la capacidad de autorregulación, resiliencia, fijación de metas y gestión emocional, que permiten que el estudiante conduzca su propio proceso formativo con autonomía y sentido.
Desde esta doble mirada, el bienestar universitario puede concebirse como una relación dinámica entre el entorno y las capacidades personales: el equilibrio entre las condiciones estructurales que posibilitan aprender y las habilidades internas que permiten hacerlo con dirección y propósito.
De poco serviría un entorno ideal si los estudiantes carecen de herramientas para afrontar la frustración o el estrés; del mismo modo, las habilidades personales no bastan si el contexto institucional reproduce inequidades, inseguridad o desamparo.
Por ello, el bienestar en la universidad implica reconocer la interdependencia entre los apoyos externos y las competencias internas, superando el dualismo entre lo psicológico y lo social. Se trata de concebir el bienestar como un camino medio (Bautista, 2024) donde la función institucional no es solo pavimentar la ruta −a través de becas, tutorías o espacios seguros−, sino también acompañar a los estudiantes en la tarea de aprender a conducir su trayecto vital con sentido.
La tutoría y la orientación adquieren aquí un papel central: funcionan como brújulas pedagógicas que ayudan a los estudiantes a encontrar dirección y propósito en un contexto caracterizado por la incertidumbre, la aceleración tecnológica y la fragmentación social. Orientar no significa únicamente transmitir información, sino facilitar el encuentro entre el saber y el ser.
En esta perspectiva, el bienestar universitario se concibe como una forma de ciudadanía educativa: un proceso de co-construcción de sentido donde cada estudiante participa activamente en su desarrollo y en el de su comunidad. Florecer, entonces, no es solo lograr metas personales, sino contribuir al bienestar colectivo, ampliar la mirada sobre el aprendizaje y fortalecer la empatía, la corresponsabilidad y el compromiso ético con los demás.
De este modo, el bienestar se convierte en una política del vínculo y del propósito, y la universidad, en un espacio donde la salud mental deja de ser un asunto privado para transformarse en una experiencia compartida de justicia, cuidado y transformación social.
El paso del paradigma de la enfermedad al del bienestar exige una transformación ética y pedagógica. En la universidad, la salud mental debe abordarse desde un enfoque ecológico, preventivo y relacional donde la formación integral, el apoyo psicosocial y la equidad estructural sean parte del mismo proyecto educativo.
Ello implica repensar las prácticas institucionales: sustituir la lógica de detección del riesgo preventivo por la de promoción del bienestar compartido y proventivo (que provee habilidades); fortalecer redes de tutoría y acompañamiento; y formar comunidades de aprendizaje basadas en la empatía, el propósito y la corresponsabilidad.
En este marco, las funciones sustantivas de orientación y tutoría adquieren un papel estratégico. Ambas prácticas constituyen dispositivos institucionales destinados a acompañar las trayectorias estudiantiles y a fortalecer las capacidades de los estudiantes para enfrentar los retos de su proceso formativo.
La orientación no se reduce a la resolución puntual de problemas académicos o vocacionales, sino que facilita procesos de toma de decisiones, construcción de sentido y desarrollo de habilidades para la vida. De manera mucho más particular, la tutoría opera como un espacio de acompañamiento continuo que permite identificar tempranamente factores de riesgo, fortalecer vínculos con la comunidad educativa y promover condiciones que favorezcan la permanencia y el desarrollo integral.
Como plantea la UNESCO (2021), el bienestar se ha convertido en un bien común y en una ética del cuidado que debe orientar tanto la educación como las políticas públicas. De ahí que el bienestar universitario no pueda reducirse a programas de salud mental, sino constituir una estrategia transversal de desarrollo humano, justicia y sostenibilidad.
Conclusiones
El análisis histórico y epistemológico del concepto de salud muestra que la transición hacia el bienestar no es una moda, sino una necesidad civilizatoria. Frente a un modelo biomédico que patologiza y fragmenta, el bienestar propone una visión integrada de la vida humana, donde la salud se entiende como práctica de libertad, cuidado y comunidad.
En el ámbito universitario, este giro invita a construir espacios donde el dolor no se medicalice, sino se escuche; donde la prevención no se limite al diagnóstico, sino se exprese en vínculos significativos; y donde la educación sea, en sí misma, una práctica de bienestar colectivo.
Repensar la salud mental como bienestar implica reconocer que la mente no se cura en soledad, sino en relación. En este horizonte, la universidad puede convertirse en un laboratorio de futuro, donde se conjuguen ciencia, ética y esperanza en comunidad para imaginar otras formas de vivir, aprender y cuidar.
La transición hacia un modelo de bienestar en salud mental no solo es conveniente, sino urgente. Implica reconfigurar los servicios, capacitar al personal, y reformar las políticas públicas para garantizar una atención digna, efectiva y centrada en la persona. Este cambio representa una oportunidad para construir sociedades más justas y saludables.


