Autor: Mtro. José Saúl Molina Oceguera
Sección: Reflexión y visiones
“Una persona competente digital es la que utiliza una herramienta digital con la misma soltura con la que coge un lápiz para anotar algo”. Anusca Ferrari, Iconos, 2015
Resumen
La competencia digital integra saberes y actitudes para un uso ético y crítico de la tecnología, el nuevo rol de la Orientación Educativa es clave para el acompañamiento académico, socioemocional y vocacional en entornos híbridos. DigComp y DigCompEdu pueden guiar su desarrollo, destacando la creación de recursos, la seguridad, la evaluación digital y la formación continua del orientador.
Palabras clave: Orientador Educativo, Competencia Digital, Práctica Educativa, Ejercicio Profesional, Rol del Orientador Educativo.
Keywords: Educational Counselor, Digital Competence, Educational Practice, Professional Practice, Role of the Educational Counselor
Introducción
Los cambios tecnológicos impulsados por las TIC en las dos primeras décadas de este siglo han beneficiado innegablemente los quehaceres científicos. Este hecho indica que transitamos por la Cuarta Revolución Industrial. Con este proceso, las sociedades viven experiencias más digitalizadas y tecnológicas, lo cual repercute en toda la ciudadanía, incluyendo a los profesionistas, quienes requieren desarrollar y valorar habilidades digitales para no quedar rezagados en este mundo altamente interconectado; sin embargo, nos encontramos ante una realidad en la que no se le ha dado la relevancia necesaria.
La incorporación de la competencia digital se ubica como una actitud imperativa y visible a través de la constante búsqueda de la alfabetización digital por parte del ciudadano; aprovechar las grandes oportunidades que surgen en este nuevo entorno de trasformación de las formas en que vivimos, trabajamos y nos relacionamos unos con otros vuelve ineludible su presencia. Por ello, hablar sobre este objeto de conocimiento nunca debe resultar tardío; por el contrario, se trata de un tema siempre vigente.
Considerar esta situación en el ámbito de la Orientación Educativa en el territorio nacional permite comprender cómo se está cursando esta experiencia de transformación que trae consigo la incorporación de la competencia digital; en ella, los orientadores, como agentes protagónicos, deben ofrecer una postura positiva de liderazgo permanente y de incidencia en la modernización de los servicios de orientación para dar cobertura a las diversas necesidades de los orientados/estudiantes, siendo categórico en la presente era tecnológica y, en consecuencia, ante un camino sin vuelta atrás. Este proceder implica transformar la intervención integral, apoyándola con herramientas digitales, promoviendo y favoreciendo el empoderamiento profesional del orientador educativo en los contextos donde esté presente.
Sobre la competencia digital (DigComp)
La competencia digital puede entenderse como un conjunto integrado de conocimientos, habilidades, actitudes y valores que permiten a una persona interactuar de manera crítica, ética y creativa con las tecnologías digitales en diferentes ámbitos de la vida, tal como lo argumentan las publicaciones permanentes de la UNESCO, la OCED, la OEI y la Unión Europea (UE) entre otras organizaciones de amplio reconocimiento académico vinculadas a la educación y la orientación.
DigComp, desde la perspectiva educativa, se vincula con el uso pedagógico de herramientas digitales, la gestión segura de la información y la capacidad de participar activamente en entornos digitales diversos.
Por tanto, los modelos como DigComp y DigCompEdu han permitido sistematizar las dimensiones de la competencia digital, destacando aspectos como la alfabetización informacional, la comunicación digital, la creación de contenidos, la seguridad y la resolución de problemas. En el ámbito de la Orientación Educativa, estas dimensiones adquieren particular relevancia al integrarse con funciones propias del orientador, tales como el acompañamiento socioemocional, la asesoría vocacional y la mediación de conflictos, ahora enmarcadas en entornos híbridos y digitales.
En el contexto latinoamericano, el orientador educativo enfrenta el reto de integrar las competencias digitales como un eje central de su labor profesional. La transformación digital ha modificado los escenarios escolares y exige nuevas formas de acompañamiento académico, socioemocional y vocacional. En este sentido, las competencias digitales no deben concebirse únicamente como habilidades técnicas, sino como herramientas socioeducativas que permiten una mediación ética, inclusiva y contextualizada.
Por tal razón, la presencia de la brecha digital constituye uno de los desafíos más importantes para adecuar servicios de orientación integrales que aprovechen las potencialidades que ofrecen las tecnologías; por ello, el orientador debe concebir las competencias digitales como una vía para promover la equidad educativa. Publicaciones recientes manifiestan que las habilidades digitales contribuyen a mejorar las prácticas profesionales, facilitan el acceso a recursos educativos y fortalecen la participación escolar en las comunidades.
Dichas competencias incluyen la selección crítica de información, la creación de materiales digitales funcionales y el acompañamiento en entornos virtuales, sin pasar por alto que su implementación debe ceñirse a las precisiones que respondan a las distintas realidades sociales y de cada nación, además del establecimiento de distintas maneras de abordar estas competencias a partir de la situación actual en cada contexto, como lo hace evidente la Coalición Latinoamericana para la Excelencia Docente (2019).
En cuanto a la situación en el territorio nacional, los escasos datos sobre competencia digital (ComDig) en el orientador educativo específicamente, obligan a ubicar lo que acontece con la competencia digital en las universidades. El estudio comandado por MetaredMéxico en 2021 y 2023, que trabajó con un número amplio de universidades, menciona que el 60% de las universidades encuestadas tienen estrategias concretas para desarrollar estas competencias en los docentes; sin embargo, no existe un dato explicito que confirme la inclusión de orientadores educativos.
Efectivamente, las comunidades educativas tienen huellas claras de las experiencias que dejó la transición educativa provocada por la pandemia. Múltiples estudios evidencian que el acompañamiento digital brindó soporte emocional y académico fundamental para los estudiantes, reforzando la importancia de que los orientadores desarrollen competencias digitales para el acompañamiento en línea y la comunicación digital efectiva.
Definitivamente, las competencias digitales deben concebirse como un proceso continuo de formación profesional. DigCompEdu destaca la importancia de la autoevaluación constante, la reflexión y la participación en comunidades de aprendizaje que fortalezcan el uso significativo de tecnologías digitales como una cualidad profesional que llegó para quedarse como fruto del nuevo ecosistema educativo mundial. La literatura especializada reafirma que el desarrollo profesional continuo es un componente indispensable, por lo que los orientadores educativos deben adaptarse y responder a los cambios constantes del entorno digital y fortalecer su práctica educativa de manera integral. Para Moreno Fuentes et al. (2025)
“es indispensable que los programas de formación inicial de futuros docentes incluyan una capacitación integral en competencias digitales que abarque el uso de recursos y herramientas tecnológicas relacionadas con el ámbito educativo y ciudadano, así como el desarrollo de estrategias pedagógicas que integren dichas tecnologías en el currículo en aras de una mejora de la calidad educativa” (p.15).
En consecuencia, el orientador educativo, como parte de la comunidad educativa, debe concebir las competencias digitales como habilidades integrales que trascienden lo técnico; estas competencias permiten mediar la experiencia educativa de forma humana, ética e inclusiva, al tiempo que fortalecen el papel del orientador como guía en un ecosistema escolar cada vez más digitalizado.
El orientador educativo frente a la competencia digital
El orientador educativo se encuentra hoy ante un escenario cotidiano que exige una actualización constante de sus competencias digitales para responder a las necesidades de estudiantes que interactúan diariamente con estos entornos digitales. Este ámbito parece carecer de alcance dentro de los colectivos de orientadores educativos de las distintas zonas geográficas del país, por lo que resulta imprescindible abrir las puertas de la expresión escrita con miras a poner sobre la mesa este tema.
Es indudable que la realidad global y local sugiere que, aunque existen avances significativos en el uso instrumental de tecnologías −como videollamadas, sistemas de gestión educativa o aplicaciones de comunicación escolar−, persiste una brecha entre el nivel de competencia requerido y el que realmente se observa en la práctica.
Esta condición constituye en sí misma un motor para priorizar la conquista de fortalezas como la disposición al aprendizaje y la familiaridad con herramientas de uso común; sin embargo, están presentes a la par debilidades que se relacionan con la escasa formación específica, el limitado dominio de estrategias de intervención digital y la falta de habilidades para gestionar riesgos en línea, como el ciberacoso o la desinformación. Todo ello aunado a factores de gobernanza institucional, como la infraestructura insuficiente y la ausencia de políticas formativas en los entornos donde se ofrece como servicio la Orientación Educativa, entre otras razones laborales entrelazadas, lo que influye en el desarrollo desigual de esta competencia digital, reflejada en una alfabetización inconsistente e incipiente.
Ante esta realidad, el orientador educativo se expone a un escenario profundamente transformado por la digitalización, lo que exige integrar la competencia digital como un componente esencial de su labor profesional. Los escenarios educativos contemporáneos donde se otorgan los servicios de orientación a la comunidad educativa requieren no solo de la voluntad, sino de que los orientadores comprendan, evalúen y acompañen a los estudiantes en un ecosistema educativo híbrido, dinámico y altamente mediatizado por entornos digitales.
En este sentido, debemos allanar el camino al establecer varias metas de competencia digital para que estos profesionales se sumen a dicho ecosistema, donde el punto de referencia de dichas metas se encuentre en marcos internacionales sólidos, los cuales ya fueron puestos a prueba con los trabajos del Marco Europeo de Competencia Digital para Educadores (DigCompEdu).
Sus planteamientos son una guía clara para desarrollar habilidades profesionales alineadas con los desafíos actuales; estas recomendaciones admiten adecuaciones afines al lugar de aplicación y a la gobernanza institucional de una comunidad específica. Por lo tanto, el cuerpo de orientadores requiere hacer suyas las siguientes metas: el uso profesional ético y reflexivo de la tecnología, de modo que el orientador emplee con facilidad y con un porcentaje favorable de pericia los recursos digitales que están en continua evolución y así mejore la comunicación institucional, colabore con docentes y familias, y sostenga procesos continuos de actualización profesional.
La recomendación de DigCompEdu subraya el compromiso profesional que implica participar en comunidades digitales, gestionar información con responsabilidad y utilizar herramientas tecnológicas para fortalecer la interacción educativa. Estas competencias resultan cruciales en un contexto donde la comunicación inmediata y multicanal se ha convertido en una necesidad ética y organizacional al garantizar que la interacción digital sea segura, pertinente y formativa.
Otra meta central es la gestión, selección y creación de recursos digitales que apoyen la orientación vocacional, académica y socioemocional. DigCompEdu destaca que los profesionales deben saber seleccionar recursos confiables, evaluar críticamente su calidad y adaptarlos al contexto particular del estudiantado. La investigación reciente confirma que la competencia digital docente −y, por extensión, la del orientador− es clave para el diseño de intervenciones educativas más pertinentes y efectivas, especialmente en procesos de acompañamiento personal y académico.
Asimismo, el orientador debe ser capaz de acompañar a los estudiantes en entornos virtuales de aprendizaje, guiando sus procesos de organización, autorregulación y toma de decisiones informadas. DigCompEdu destaca que el uso de tecnologías para orientar y apoyar a los estudiantes debe ser deliberado, sensible al contexto y orientado a fortalecer su autonomía. A partir de la pandemia, estudios identifican que la orientación en línea se volvió no solo necesaria, sino estratégica para reducir desigualdades y fortalecer la continuidad del aprendizaje.
Además, es imprescindible que el orientador desarrolle competencias para evaluar mediante herramientas digitales, ya sea aplicando cuestionarios socioemocionales, instrumentos vocacionales o encuestas de seguimiento y bienestar. La evaluación digital permite obtener datos más precisos y ofrecer retroalimentación oportuna. DigCompEdu refuerza la importancia de emplear herramientas tecnológicas para el análisis de evidencias y la toma de decisiones educativas informadas.
Finalmente, una meta trasversal consiste en formar estudiantes como ciudadanos digitales responsables, promoviendo el pensamiento crítico, la seguridad en línea y la ética del uso de la información. De igual modo, el orientador debe asumir un compromiso permanente con la mejora continua de su propia competencia digital, que jamás es estática, pues implica alfabetización informacional, pensamiento crítico y capacidad de adaptación; además, requiere la evaluación de su práctica, incorporando innovaciones tecnológicas que fortalezcan su intervención profesional, como señalan Chilquillo et al. (2025).
En suma, estas metas deberían ser más visibilizadas por el profesional dedicado a la Orientación Educativa en nuestro territorio, lo que auspiciaría la modificación del rol profesional y académico requerido por el orientador educativo y, con esto responder a las demandas de un entorno escolar en transformación, fortaleciendo su capacidad para acompañar a los estudiantes no solo en lo académico y socioemocional, sino también en su desarrollo como usuarios críticos, seguros y responsables de la tecnología.
A pasos firmes
La actuación del orientador educativo asociada y asumida con la competencia digital le facilita transitar por las nuevas rutas de trabajo e investigación que respondan a los retos vigentes en los escenarios de esta era digital, con procederes conformados por pasos firmes.
Cabe preguntarse: ¿cuáles serían los caminos para concretar estos pasos? Consideremos lo siguiente: un sendero donde la modificación del rol profesional y académico, sustentada en una actitud autogestiva, supera lo adquirido por inercia; y otro, en dirigir los esfuerzos necesarios a visualizar la vinculación de las políticas de gobernanza del Estado que son trasladadas a los contextos institucionales a favor de la competencia digital.
En el primer sendero, la modificación del rol profesional y académico requiere un primer paso: que el papel de la autogestión, habilidad que conoce y puede operar en sí mismo el orientador educativo, lo acerque a un autodiagnóstico de la competencia digital que revele sus fortalezas y debilidades para tener una base sólida de referencia y, con ello, continuar con la incorporación y la usabilidad.
Este ejercicio debe ser periódico por la propia evolución del mundo digital donde ahora interactuamos y debe realizarse a través de instrumentos cuyos resultados estén bajo marcos de referencia internacionalmente validados, permitiendo identificar resquicios personales en el uso técnico y ético de la tecnología imperante y así afrontar los cambiantes desafíos, como los que ahora plantean los artilugios basados en los algoritmos (AI).
El diagnóstico obtenido debe constituir el punto de partida de un plan individual de desarrollo profesional, cuyo propósito sea avanzar de habilidades básicas a niveles estratégicos de mediación digital. Esto ya es ocupación de distintas naciones como la española, la cual ha puesto a disposición del internauta sitios web como el intitulado Modelo de las Competencias Digitales de la Ciudadanía Española, donde se puede efectuar la Autoevaluación de Competencias Digitales.
Un paso más lo constituye la incorporación ética de la analítica del aprendizaje en los procesos de acompañamiento, considerado por distintos autores como Torres (2025), Zambrano (2022) y Ruipérez (2020). Estos procesos pueden adecuarse al quehacer del orientador a través de la implementación de regulaciones y estándares de seguridad contra el acceso no autorizado, sobre todo en aquellas situaciones donde se presente la identificación temprana de estudiantes en riesgo académico y/o en otra condición. Al adoptar principios de ética de la analítica, se garantiza que el rol del orientador sea garante de los datos de privacidad personal y derechos humanos en lo digital, encaminados al bienestar integral y la justicia en el acompañamiento de los estudiantes, y no se limite a actuar como una cuestión de cumplimiento legal o administrativa.
Otro paso más, y no menos importante que los anteriores, es el rol como referente en el desarrollo de espacios de colaboración y difusión, encaminados a facilitar la transformación digital de la comunidad, generando acciones formativas de competencia digital, ciudadanía digital, alfabetización informacional y pensamiento crítico, ética digital.
Podríamos ser más específicos en ámbitos de conocimiento como: comunicar y colaborar profesionalmente en medios digitales, crear y gestionar recursos digitales para la orientación, guiar procesos de aprendizaje y bienestar en entornos digitales, aplicar herramientas digitales de evaluación, fomentar una cultura sobre orientación educativa, atender la inclusión y accesibilidad digital y actualizarse continuamente y reflexionar sobre su práctica, ya sea de manera particular y/o con el respaldo institucional en donde está inserta su labor profesional.
En el segundo sendero, hablemos del papel del orientador educativo que no solo implica acompañar a estudiantes y docentes, sino también articular las políticas de gobernanza digital con el desarrollo de la competencia digital en la comunidad donde se desempeña. Un paso esencial es la capacidad de diagnóstico institucional, pues permite identificar el nivel de madurez digital de la escuela, las brechas de acceso y las habilidades tecnológicas de la comunidad educativa. Este diagnóstico funge como punto de partida para la toma de decisiones informadas, como lo señalan estudios recientes sobre gobernanza y liderazgo educativo en entornos digitales.
Muy de la mano, un segundo paso implica comprender cómo operan los mecanismos de gobernanza digital a niveles micro y macro, y cómo influyen en el uso responsable, ético y seguro de la tecnología en educación, todo esto para alinear las prácticas y procesos escolares con las políticas de gobernanza digital vigentes que se traduzcan en acciones concretas dentro del centro educativo.
Otro paso por cuidar es el fomento del liderazgo digital, donde el orientador se asuma como agente de cambio, al promover la sensibilización sobre el papel transformador de lo digital, ser guía de buenas prácticas en el uso de tecnologías educativas y acompañar a directivos y docentes en la implementación de estrategias innovadoras. Aunado a esto, un cuarto paso apunta al fomento de la formación continua de la competencia digital, estimulando su actualización constante, así como la del personal docente.
Esta formación debe sustentarse en el compromiso profesional, la pedagogía y la ciudadanía digital; dicha formación no debe acotarse solo al dominio técnico, sino que incluye prácticas pedagógicas y éticas contextualizadas, con base en los marcos orientadores internacionales de competencia digital.
Cabe mencionar que el papel del orientador educativo puede ir más allá de los pasos planteados; sin duda un buen inicio es posicionar al orientador con la tarea de ser mediador estratégico entre las políticas de gobernanza digital y las prácticas escolares, favoreciendo el desarrollo sólido de la competencia digital de sí mismo, de los estudiantes, docentes y familias.
Conclusiones
El papel de la competencia digital constituye un eje estructural para el ejercicio profesional del orientador educativo en México: trasciende el dominio técnico de herramientas y se configura como un conjunto articulado de saberes éticos, críticos y pedagógicos indispensables en un ecosistema escolar híbrido y altamente tecnologizado.
A la luz de marcos internacionales como DigComp y DigCompEdu, la competencia digital adquiere relevancia estratégica para fortalecer procesos de acompañamiento académico, vocacional y socioemocional, especialmente en un contexto donde persisten brechas de acceso y uso que limitan la equidad educativa.
La experiencia ha evidenciado que la mediación digital no es opcional, sino una necesidad profesional impostergable para sostener la continuidad del aprendizaje y el bienestar estudiantil. Sin embargo, en el ámbito nacional la figura del orientador continúa poco visibilizada en las políticas de formación digital, lo que demanda acciones institucionales claras para garantizar su inclusión.
En este escenario, el orientador debe asumir un liderazgo digital que implique autodiagnóstico, actualización continua, uso ético de la analítica de datos y participación en comunidades profesionales que fortalezcan su práctica. Asimismo, su papel como mediador entre políticas de gobernanza digital y prácticas escolares resulta crucial para consolidar una cultura institucional que promueva ciudadanía digital, pensamiento crítico y uso responsable de la tecnología.
En síntesis, el fortalecimiento de la competencia digital del orientador educativo se erige como condición indispensable para transformar los servicios de orientación, responder a las demandas del entorno contemporáneo y contribuir de manera decisiva a la construcción de comunidades educativas más inclusivas, seguras y digitalmente competentes.
Coalición Latinoamericana para la Excelencia Docente. (2019). Agenda Regional: Políticas para la excelencia docente. https://hdl.handle.net/20.500.12799/6626.
Chilquillo Carcamo, O. B., Cristobal Marquez, H. B., Ponte Quiñones, E. J., & Huaranga Orosco, E. M. (2025). Formación continua y competencias digitales en la gestión pedagógica de los docentes. Revista INDECO, 5(4). https://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2739-00632025000402081
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